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lunes, 27 de agosto de 2012

Fragmentos de Contra el viento del Norte


Querida Emmi:


¿Has notado que no sabemos absolutamente nada el uno del otro? Creamos personajes virtuales, confeccionamos irreales retratos robot el uno del otro.

Formulamos preguntas cuyo atractivo reside en que quedan sin respuesta. Pues sí, nos dedicamos a despertar la curiosidad del otro y a seguir alimentándola al no satisfacerla de manera definitiva. Intentamos leer entre líneas, entre palabras, y pronto entre letras tal vez. Hacemos grandes esfuerzos por juzgar bien al otro.

No hay ninguna otra persona a nuestro alrededor. No vivimos en ninguna parte. No tenemos edad. No tenemos rostro. No hacemos distinción entre el día y la noche. No vivimos en ninguna época. Lo único que tenemos son nuestras dos pantallas, cada cual de manera estricta y secreta por su cuenta, y compartimos una afición: nos interesamos por una persona absolutamente desconocida.

No resistiría un encuentro, no importa tu aspecto, tu edad, cuánto del considerable encanto de tus mensajes pudiera traerse a una posible cita, y cuánta de la gracia con la que escribes tengas también en las cuerdas vocales, en las comisuras de la boca y en las aletas de la nariz.

Querido Leo:


Espero que te des cuenta de que le has desvelado algo extraordinario de ti a tu «personaje virtual», a tu «irreal retrato robot»: auténtica «vida privada». El problema es que no puedes saber qué aspecto tengo cuando digo una cosa así. Si me vieras, no podrías enfadarte conmigo.

Querida Emmi:


Nunca he tenido intención de conocerte mejor, mejor de lo que es posible por la correspondencia electrónica. Tampoco he querido saber nunca qué aspecto tienes. A partir de los textos que me escribes me formo mi propia imagen de ti. Me construyo mi propia Emmi Rothner. A grandes rasgos sigo imaginándote tal como te conocí al principio de nuestra relación, no importa si has estado tres veces tragicamente casada o cinco veces felizmente divorciada, si cada día vuelves a estar alegremente «libre» y los sábados por la noche licenciosamente soltera.


Querido Leo:

Y me parece increíble que no quieras 
verme, lo cual no quiere decir que realmente debamos vernos. Pero 
me encantaría saber qué aspecto tienes, por ejemplo. Eso aclararía muchas cosas. Me 
refiero a que aclararía por qué escribes como escribes, pues tendrías el aspecto de 
alguien que escribe como tú. Y me muero por saber qué aspecto tiene alguien que 
escribe como tú.


En cuanto a tu posible decepción, si no satisfago tus deseos visuales, no tenemos por
qué desvelar la incógnita de nuestro aspecto después del encuentro. Me parece que
lo interesante no es qué aspecto tenemos realmente, sino si creemos haber reconocido
al otro y por qué. Lo repito: no quiero saber cómo eres. Sólo quiero identificarte. Y
eso haré.


Hay un problema: si me reconoces, sabrás cómo soy; y si te reconozco, sabré cómo
eres. Tú no quieres saber cómo soy, y yo temo que no me gustes. ¿Será el final de
nuestra fascinante historia? Mejor permanecer anónima y seguir recibiendo correo del oso gris. (...) Quizá no deberíamos conocernos. (...) Lo que hacemos aquí no tiene sentido. No forma parte de la vida real.

Querida Emmi:

Mi fantasía de ti me gusta muchísimo. Tenemos que darnos realmente la oportunidad de no reconocernos. ¿Sí?

Querido Leo:


Yo soy para ti una fantasía, lo único real en ella son unas letras que puedes poner en un contexto sonoro con ayuda de la psicología del lenguaje. Para ti soy como sexo telefónico, pero sin sexo y sin teléfono. O sea: sexo electrónico, 
pero sin sexo y sin imágenes para descargar. Y tú eres para mí puro juego, una 

agencia de reciclaje del coqueteo. Contigo puedo hacer lo que me falta: puedo vivir 
los primeros pasos de un acercamiento (sin necesidad de acercarme realmente). Pero 
ya somos una parejita en el segundo y tercer paso de un acercamiento que no puede 
acercarse. ¿No deberíamos dejarlo?.


Querida Emmi:

Al parecer es cierto que para ti el aspecto tiene máxima prioridad. Te comportas como si tu vida amorosa de las próximas décadas dependiera de lo físicamente atractivo que te parezca tu amigo por correo electrónico.



De: Emmi
Asunto: Pesadilla

No es de extrañar: ¡ERAS UN CAMARERO! Eres amigo del dueño, y él te dejó hacerte pasar por camarero durante dos horas, ¿verdad? También sé cuál de los camareros eras. En realidad no podías ser mas que uno, los demás son demasiado mayores: ¡eras el bajito y delgado, con gafas de concha negras redondas!.



Nueve minutos después
De Leo: Fw:
Pero ¿te gusto por lo menos? Visualmente, quiero decir.


De: Emmi Re:
No me pareces guapo. No me pareces siquiera feo. Me pareces absolutamente
insustancial. Absolutamente aburrido. Nada interesante. Resumiendo: ¡pffffffffffffff..!


Tres minutos después
De Leo: Fw:
¿De verdad? Pues suena realmente cruel. Así que puedo sentirme contento de no
estar en el pellejo de ese hombre. Y de no haber estado en su traje de camarero. En
una palabra: yo no era él, no lo soy y es posible que nunca lo sea. Por cierto, tampoco
era ningún otro camarero.... Era el Leo Leike normal y corriente... Para mí el aspecto de una mujer, aun cuando me parezca muy importante, por lo visto no es ni por asomo tan importante como lo es para ti el aspecto de un hombre.



¿Cómo es que hoy ya no recibo más mensajes tuyos? ¿Tanto sufres con las
limitaciones de tu imaginación visual? (...) 

Viven para mí en otro mundo, un mundo al que sólo puedo echar una mirada virtual, pero en el que no estoy ni estaré autorizado a entrar realmente. Ya te he dicho varias veces que prefiero imaginar a mi propia Emmi Rothner en mi mente (mejor dicho, en la pantalla) en vez de perseguirla o añorarla en la realidad.


Después de que la madre de Leo muere:
De Emi:


¿Quieres que nos veamos y hablemos? Quizá yo
sea la persona más indicada en esta situación. Totalmente ajena a tu vida y, en cierto 
modo, cercana. Olvidémonos de las apariencias y encontrémonos como dos viejos y b
uenos amigos.


Al día siguiente:
De Leo


Tú no eres una persona cualquiera. Si hay una persona que no es cualquiera, ésa eres tú. Y menos para mí. Eres como una segunda voz dentro de mí, que me acompaña día a día. Has convertido mi monólogo interior en un diálogo. Enriqueces mi vida interior. Indagas, insistes, parodias, entras en conflicto conmigo. (...) Cada uno de nosotros es la voz de la fantasía del otro. ¿Acaso eso no es lo bastante bonito y valioso para dejarlo así?



Estoy un poco borracho, pero sólo un poco.
¿Quieres venir a casa? Apagaremos la luz. No tenemos por qué vernos. Sólo quiero sentirte. Cerraré los ojos. (...) seas la que seas. ¿Has besado alguna vez a un desconocido? (...) Podemos tener los ojos vendados, como en la
película. No recuerdo cómo se llamaba la película, tendría que pensar. Me encantaría besarte. Me da igual qué aspecto tengas. Me he enamorado de tus palabras.


De Emi

¿Y si no surge nada? 

De Leo
En ese caso, nos quedaremos papando moscas como dos imbéciles, nos encogeremos de hombros y uno le dirá al otro: «Lo siento, no surge nada».


Un minuto después
Fw:
Tenemos que correr ese riesgo. ¡Así que ven, Emmi! ¡Atrévete! ¡Atrevámonos!
¡Fiémonos de nosotros!

De Emi:

La «venda» que dejaste caer ayer cuando estabas borracho... Solo sexo a ciegas.


15 minutos después
De: Leo Fw:
¿Y si simplemente me hubiese gustado enseñarte unas fotos de cuando era pequeño?
¿Y si sólo me hubiese gustado beber contigo un cóctel de whisky o de vodka? ¿Y si
sencillamente me hubiese gustado oír tu voz? ¿Y si sólo me hubiese gustado aspirar un atisbo del aroma de tu pelo y de tu piel?

De Emi:

Pues hay algo que ya deberías tener claro: tu Emmi imaginaria habría muerto para siempre en el mismo instante en que nos encontráramos.



Días después 
De Emi:

No sé si eres como el que escribe. Pero con que fueras sólo una parte
de él, ya serías muy especial. Es lo que tú escribes y lo que yo entiendo: en cierto
modo las dos cosas me ayudan a imaginarme a un hombre que podría existir en
realidad. (...)  Tiene que ser de carne y hueso, y de cosas por el estilo. Y tiene que poder resistir un encuentro conmigo. Aún no estamos listos para eso. Pero tengo la sensación de que por escrito podremos acercarnos cada vez más a nuestro encuentro. Hasta que algún día nos sentemos frente a frente. O estemos de pie frente a frente. O de rodillas. Da igual.


De Emi: 

No puedo hablarte de este mundo. Jamás podrás formar parte de él.
Es demasiado compacto. Es una fortaleza. No puede ser conquistada, no admite
intrusos, es hermética. Tenemos que permanecer «fuera», Leo, es nuestra única
oportunidad, si no, te pierdo. (...) Cuando juntos no funciona y separados tampoco, sólo hay una alternativa: ¡cambiar!.


Fragmentos de Contra el viento del Norte (Daniel Glattauer). 

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